En un cruce de caminos coincidimos. Los días pasaban y al verte en la misma dirección me ibas resultando cada vez más familiar.
Tu sonrisa, tu mirada y tus gestos hicieron el resto.
Pronto me dí cuenta que nuestro destino era el mismo, pero caminábamos cada uno por un lado de la carretera.
Mis pensamientos dejaron de ser míos y comencé a convertirme en una marioneta de ciudad. Mis zapatos se desgastaron con el devenir de los días y mi rumbo seguía al ciego tambaleo de tu sonrisa.
Caía la noche, llegaba el crepúsculo y cuando me envolvía la claridad seguía aferrado a tus gestos cual perro a su amo.
Tantas horas de pálpitos hicieron que el imán de mi corazón quisiera sentirte cerca. Me armé de valor para intentar llegar al otro lado donde tu aguardabas.
Uno, dos, tres pasos...
tú me mirabas desde el otro lado.
Cuatro, cinco....
...silencio, dolor...
Tan ciego de tu presencia infinita que acabé muerto atropellado intentando llegar a tí.
Ahora es tarde; ahora la realidad azota sin ninguna piedad.
Ahora que despierto en el purgatorio descubro que ambos lados del camino nos llevaban al mismo lugar...
...pero con paisajes diferentes.